VecinosQueInspiran: Mariana Freccero y una emotiva historia de adopción

1781279263 1781279263

Tiene 42 años, es médica psiquiatra y dedica gran parte de su vida a acompañar personas. Escucha historias, contiene angustias y ayuda a atravesar procesos complejos. Sin embargo, hubo un momento en el que fue ella quien necesitó encontrar respuestas.

Junto a Cristian, su marido, ya habían formado una familia con tres hijos. La maternidad había llegado de manera natural y el proyecto familiar parecía completo. Pero cuando decidieron buscar un cuarto hijo, atravesaron cuatro pérdidas gestacionales consecutivas.

No había una explicación médica clarapara Mariana, especialista en fertilidad, esa ausencia de respuestas resultaba aún más difícil de comprender. “Claramente acá hay otro mensaje”, recuerda haber pensado.

Fue entonces cuando apareció una posibilidad que, en realidad, llevaba años habitando su vida.

Mucho antes de iniciar el trámite de adopción, Mariana había trabajado en hogares de cuidado infantil. Sus hijos crecieron compartiendo actividades con chicos que atravesaban situaciones de vulnerabilidad, visitando instituciones y conociendo realidades diferentes. Para ellos, la adopción nunca fue una idea extraña.

Cuando sus padres les propusieron agrandar la familia de esa manera, la reacción fue natural. “Era como si de todos esos chicos que conocían, uno viniera a quedarse para siempre”, recuerda.

Sin demasiadas certezas sobre cómo sería el proceso, comenzaron a recorrer el camino formal.

En el medio aparecieron entrevistas, capacitaciones, talleres, espacios de reflexión y acompañamiento profesional. Entre ellos, el programa Afianzando Lazos del Municipio de Tigre, una iniciativa que acompaña a quienes deciden conformar una familia a través de la adopción.

“Lo más valioso fue conocer otras historias y entender cómo funciona realmente el proceso”, cuenta Mariana. Para ella, esos encuentros permitieron derribar prejuicios, ordenar expectativas y comprender que la adopción requiere preparación emocional tanto como cualquier otra forma de maternidad o paternidad.

Mientras avanzaban en ese recorrido, también aprendieron algo fundamental: no se trataba de encontrar un hijo para una familia, sino de encontrar la familia adecuada para cada niño. Por eso llegaron los llamados, las entrevistas y también las esperas.

Cada vez que sonaba el teléfono desde un juzgado aparecía la ilusión. Y cada vez que una posibilidad no prosperaba, quedaba una sensación difícil de explicar. “Para nosotros era un llamado. Para ese niño era toda una historia de vida”, recuerda.

Hasta que finalmente llegó el encuentro que cambiaría todo.

Después de varios meses de proceso, una jueza les comunicó que habían sido seleccionados para iniciar la vinculación con un niño de poco más de un año. La primera vez que lo vieron fue en un hogar convivencial.

Mariana todavía recuerda esa escena como si hubiera ocurrido ayer. El pequeño estaba tomado de la mano de una cuidadora. Ella se acercó despacio para no invadirlo y el niño rompió en llanto. En ese momento lo abrazó y le dijo: “Llorá todo lo que quieras, ya llegamos».

Comenzó así una etapa de encuentros graduales: plazas, juegos, visitas al hogar y momentos compartidos que poco a poco fueron construyendo confianza. La integración no ocurrió de un día para el otro. Fue un proceso respetuoso, acompañado por equipos técnicos y pensado para cuidar tanto al niño como a los demás integrantes de la familia.

Hasta que finalmente llegó el día en que se mudó definitivamente a su nuevo hogar. Desde entonces, la familia pasó a ser de seis.

Hoy, un año y medio después, Mariana habla de la adopción con naturalidad, sin romantizarla pero también sin miedo. Sabe que existen desafíos, preguntas y procesos que requieren tiempo. También sabe que gran parte de los temores nacen del desconocimiento.

Por eso insiste en la importancia de buscar información, participar en espacios de acompañamiento y animarse a escuchar otras experiencias. “Informarse cambia completamente la mirada”, sostiene.

En ese sentido, destaca el valor de programas como Afianzando Lazos, que ofrecen talleres, orientación y acompañamiento profesional para quienes están pensando en iniciar este camino o ya se encuentran transitándolo. Porque detrás de cada proceso adoptivo hay historias distintas, expectativas, incertidumbres y emociones que necesitan ser compartidas.

Y porque, como aprendió, la adopción no empieza cuando un niño llega a una casa, empieza mucho antes: cuando una familia decide abrirse a una historia que ya venía escribiéndose.

Mariana sigue hablando de aquel proceso con mucha gratitud. No porque haya sido sencillo, sino porque le permitió descubrir que construir una familia no depende de cómo llega un hijo, sino del amor, el compromiso y la decisión de acompañarlo en cada paso de su historia.