Mia Morena Álvarez, la joven tigrense que encontró en el ajedrez un lenguaje propio

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Con tan solo 13 años es bicampeona argentina. Entre jugadas maestras, viajes y el colegio, construye una carrera que combina talento, disciplina y el apoyo incondicional de su familia.

En el mundo del ajedrez, se suele decir que los años impares son los «años malos». Son esos momentos donde te toca competir siendo la más chica de la categoría, enfrentando a rivales con más meses de estudio y maduración. Pero para ella, los obstáculos son simplemente variantes en un tablero que aprendió a dominar durante el encierro de la pandemia.

Todo empezó como un juego para combatir el aburrimiento del aislamiento. Entre su abuelo, su abuela y su papá, le enseñaron los primeros movimientos. Lo que empezó como un pasatiempo familiar pronto se convirtió en una pasión que la llevaba a pedir partidas una y otra vez. Su papá, viendo ese entusiasmo, decidió que era momento de buscar un lugar donde ese talento pudiera crecer.

Así llegó al taller municipal gratuito de Tigre, el espacio que se convertiría en su segundo hogar. Aunque su debut no fue el soñado —obtuvo apenas un punto y medio sobre siete— hubo algo que los ojos expertos no dejaron pasar. «El primer torneo le fue muy mal, pero el director la vio tan concentrada que le dio una medalla especial. Esa fue su primera medallita y significó un cambio para ella», recuerda su madre Cinthia, quien hoy es su principal pilar en esta carrera.

Pese al prejuicio de ser un deporte solitario y silencioso, para Mia el ajedrez representa todo lo contrario: una verdadera comunidad: “Tengo un montón de amigos. Vas yendo a clubes y te hacés amigos. En Tigre, todos los profesores son mis amigos básicamente. Algunos no los conozco tanto, pero con la mayoría juego siempre», dice. A pesar de la exigencia de los torneos Sudamericanos y Panamericanos, lo que más rescata son los vínculos. «Somos rivales en el tablero, pero después no», explica con la claridad de quien entiende que la competencia termina cuando se estrechan las manos al final de la partida.

Esa misma claridad aplica en su vida cotidiana. Aunque es deportista de alto rendimiento, mantiene un gran promedio de su escuela. Su materia favorita, como no podía ser de otra manera, es Matemática. «Me gusta ir al colegio porque me desligo un poco del ajedrez», confiesa mientras equilibra las horas de estudio con los entrenamientos intensivos que, en vacaciones, pueden llegar a las ocho horas diarias.

Detrás de cada trofeo y cada viaje a distintas sedes, hay una logística familiar inquebrantable. Su madre no solo la acompaña a cada sede, sino que se convirtió en una experta en la gestión emocional de su hija. «Yo la ayudo porque los entrenadores saben de ajedrez, pero yo sé de ella. Voy viendo qué necesita y organizó los entrenamientos en base a eso», expresa.

Incluso hay lugar para las cábalas, esos pequeños rituales que intentan domar el azar: desde comprar un amuleto después de una victoria hasta la regla de no contestar mensajes hasta que la partida finalice.

«Ella ya tiene un nivel donde tiene que jugar con profesores porque a muchos ya les gana», agrega su mamá con orgullo, destacando que el crecimiento vino de la mano de buscar siempre rivales más difíciles.

Después de consagrarse bicampeona argentina, el horizonte se expande. Aunque clasifica habitualmente a los mundiales, los costos suelen ser una barrera difícil de saltar. Ir al Mundial es muy caro. Sin embargo, este 2026 trae una oportunidad especial: el Mundial se juega en Brasil y Mia estará ahí, representando a Tigre y al país.

A pesar de la presión, ella mantiene los pies sobre la tierra. Disfruta de empezar vóley, de probar clases de robótica y de imaginar un futuro donde quizás llegue a ser ingeniera. Su mensaje para otros chicos que enfrentan la frustración es de una madurez asombrosa: «Siempre se va a perder. Para aprender, primero hay que perder. Después empezas a ganar».

Hoy, la niña que empezó moviendo piezas en la mesa de su casa, se prepara para enfrentar a las mejores del mundo. Porque en el tablero de la vida, ella ya sabe que cada derrota es solo una lección antes del próximo gran movimiento.