El cierre de la fábrica Lamb Weston en Munro marcó un nuevo capítulo en la historia reciente de la industria alimentaria argentina. La multinacional estadounidense, especializada en la producción de papas fritas congeladas, confirmó la clausura definitiva de su planta ubicada en el partido de Vicente López y la desvinculación de alrededor de 100 trabajadores, una decisión que volvió a encender las alarmas sobre el futuro del empleo industrial en el país.
La noticia fue recibida con preocupación por los empleados, los sindicatos y la comunidad local, que durante años convivieron con una de las plantas más reconocidas del sector alimentario. La medida fue presentada por la empresa como parte de una reorganización productiva global, en la que se decidió concentrar la fabricación en una nueva planta ubicada en Mar del Plata.
Lamb Weston es una empresa de origen estadounidense con presencia en distintos países del mundo. Se especializa en la fabricación industrial de papas fritas congeladas, destinadas tanto al consumo doméstico como a grandes cadenas de gastronomía y exportación.
En Argentina, la fábrica de Munro había sido durante años un eslabón central de su red productiva. Desde allí, se abastecía al mercado interno y se contribuía a la logística regional. Sin embargo, el crecimiento de una nueva planta en Mar del Plata, equipada con tecnología de última generación, terminó por sellar el destino de la histórica fábrica del conurbano.
Según fuentes empresariales, la planta marplatense cuenta con mayor capacidad productiva, procesos automatizados y una infraestructura preparada para abastecer mercados internacionales, lo que volvió económicamente inviable mantener ambas fábricas en funcionamiento.
El cierre de la fábrica de Munro: una decisión que dejó huella
El cierre fue comunicado de manera formal a los trabajadores en los primeros días del año. Allí se informó que la producción sería trasladada por completo a Mar del Plata y que la planta de Munro quedaría fuera de operación.
De esta manera, alrededor de 100 empleados fueron despedidos, en un contexto económico en el que la reinserción laboral resulta cada vez más compleja. Desde la empresa se aseguró que las indemnizaciones serían abonadas conforme a la normativa vigente, aunque el impacto emocional y social de la decisión ya había sido instalado.
Para muchos de los trabajadores, la fábrica no solo representaba un empleo, sino también una trayectoria de vida ligada a la industria. La noticia fue vivida como una pérdida colectiva, tanto para las familias como para la comunidad.
Una fábrica que formaba parte del entramado productivo local
La planta de Munro había sido integrada durante años al entramado industrial del norte del conurbano bonaerense. Su presencia generaba empleo directo e indirecto, dinamizaba comercios, servicios y transporte, y consolidaba a la zona como un polo de actividad fabril.
Con su cierre, no solo se pierde una fuente de trabajo, sino también un símbolo del perfil industrial histórico de la región. La fábrica de Lamb Weston era reconocida por sus estándares de calidad, por la formación técnica de su personal y por su rol dentro del sector alimentario.
Hoy, ese espacio queda vacío, mientras se multiplican las preguntas sobre su posible reutilización y el destino final del predio.
Toda la producción de papas fritas congeladas fue trasladada a la planta de Mar del Plata, considerada una de las más modernas de la región. Allí se concentran ahora los procesos de selección, corte, congelado y empaquetado del producto final.
Esta nueva fábrica fue diseñada para abastecer no solo al mercado argentino, sino también a países de América Latina y el Caribe. Se estima que entre el 80% y el 85% de la producción se destina a la exportación, consolidando a la Argentina como un centro regional dentro de la estrategia de Lamb Weston.
Desde la empresa se destacó que la centralización permitiría mejorar la eficiencia, reducir costos logísticos y garantizar estándares productivos homogéneos.
El impacto social detrás del cierre de una fábrica
Más allá de los argumentos empresariales, el cierre dejó una marca profunda en el plano social. Cada despido representa una historia personal, una familia y una economía doméstica afectada.
La pérdida de una fábrica no solo se mide en números, sino también en expectativas truncas, proyectos interrumpidos y vínculos laborales que se disuelven. Para muchos empleados, la planta de Munro había sido su único empleo durante años.
Desde sectores gremiales se remarcó que la decisión refleja una tendencia creciente: la concentración productiva en grandes polos industriales, mientras otras zonas quedan relegadas y pierden su identidad fabril.
El caso de Lamb Weston no es aislado. En los últimos años, distintas empresas multinacionales han optado por cerrar fábricas históricas para centralizar operaciones en plantas más grandes, modernas y tecnificadas.
Este proceso, aunque comprensible desde una lógica de eficiencia empresarial, genera tensiones sociales y económicas en los territorios que pierden sus fuentes de empleo. La fábrica, que antes era sinónimo de estabilidad, hoy aparece cada vez más expuesta a las decisiones de los directorios globales.
¿Qué pasará con el predio de la fábrica de Munro?
Hasta el momento, no fue informado el destino final del predio donde funcionaba la fábrica de Lamb Weston. No se descarta que pueda ser vendido, alquilado o reconvertido para otro tipo de actividad.
Mientras tanto, el lugar permanece como un recordatorio visible de una etapa que llegó a su fin. Para los vecinos, la imagen de la planta cerrada representa un símbolo de transformación, pero también de incertidumbre.
