Actualmente, tiene 77 años y encontró en el atletismo una forma de vida. Es velocista, corre, entrena y compite, pero su historia empieza mucho antes de la pista.
Nació en Córdoba y a los 16 años llegó a Buenos Aires con un sueño: jugar al fútbol en Boca. Pero la vida le cambió de golpe. Un accidente en moto lo dejó al borde de perder una pierna. El médico logró salvarla, aunque con una condición tajante: no volver a jugar.
Ese corte fue mucho más que físico. Cayó en una depresión profunda, empezó a subir de peso hasta llegar a los 145 kilos y vio cómo se desarmaba el proyecto que tenía para ayudar a su familia, de origen muy humilde.
Con el tiempo, reconstruyó su vida. Se casó, tuvo tres hijos y durante más de dos décadas trabajó en una gomería de zona norte. En paralelo, junto a su compañera, María Concepción, compraron un terreno en Don Torcuato y levantaron su casa desde cero.
Pero a los 46 años volvió a enfrentarse a un quiebre. Una hepatitis B fulminante lo llevó a necesitar un trasplante de hígado. Estuvo dos años en lista de espera hasta que, en 1996, llegó el órgano.
La operación le salvó la vida, aunque no alcanzó para cambiarla de inmediato. Volvió a aumentar de peso hasta que una frase de una médica lo sacudió: “Te salvamos la vida y te estás matando vos con la comida”. Menciona que ese día le hizo “clic” la cabeza. Empezó el gimnasio, hizo dieta, bajó 60 kilos y, casi sin buscarlo, encontró un nuevo camino.
En 1998 vio en el gimnasio una convocatoria para deportistas trasplantados que competirían en un sudamericano para concientizar sobre la donación de órganos y se anotó. Corrió lesionado —con un desgarro en el gemelo que requería puntos de sutura—; le habían recomendado no hacerlo, pero igual se presentó y salió tercero en los 100 metros.
“No me dolió nada, por el entusiasmo seguramente”, recuerda. Ahí entendió que había encontrado su lugar.
Desde entonces, el atletismo dejó de ser solo una actividad para convertirse en una forma de vida. Compitió en pruebas de velocidad —100, 200, 400 y 800 metros—, recorrió el mundo y sumó medallas, sobre todo en 400 y 800. Australia, Suecia, Sudáfrica, España, Inglaterra, Alemania, Francia y República Checa fueron algunas de las sedes que lo vieron correr, e incluso llegó a animarse a una media maratón. Siempre con una idea clara: competir, pero también superarse a sí mismo.
Mientras tanto, su historia sumaba otra prueba. Veinte años después del primer trasplante, su hígado volvió a fallar por una obstrucción en las vías biliares. Sabía lo que venía y regresó a la lista de espera.
Lo llamaron varias veces. En una ocasión, el órgano no estaba en condiciones; en otra, fue asignado a un paciente más joven. Él lo entendió sin enojo. “A mí ya me habían dado 20 años más de vida”, les decía a sus familiares.
Hasta que en 2015 llegó la segunda oportunidad: el hígado de un joven fallecido en un accidente en moto. Otra vez, empezar de nuevo.
Después de ese segundo trasplante, Alberto tomó una decisión: acompañar a otros. Empezó a hablar, a dar testimonio y a generar conciencia. En clubes, competencias y donde tenga un micrófono cerca, repite una frase cruda pero directa: “Los órganos no van al cielo, los comen los gusanos. Donen, porque pueden salvar vidas”.
También ayuda a quienes atraviesan procesos similares y los acompaña desde su experiencia. “No se queden en su casa”, les dice. “Hay que volver a vivir”.
Hoy sigue entrenando y compitiendo, y comparte pista con atletas mucho más jóvenes que lo miran con admiración.
En su vida hay una ausencia que lo atraviesa todo. María Concepción, su compañera durante 50 años, ya no está. “Éramos como novios, nunca discutíamos”, dice. Se entendían con una mirada y compartían todo. Les gustaba salir, disfrutar, bailar. “Íbamos a bailar siempre, le encantaba”, recuerda.
Ella fue sostén en cada etapa: en los momentos más difíciles, en las caídas, en cada recuperación. Lo acompañó cuando todo parecía cuesta arriba y también cuando la vida le dio nuevas oportunidades.
Hoy, cada logro tiene su presencia. Cada medalla, también. Porque en esa historia de esfuerzo y superación, ella ocupa un lugar central, no solo como compañera, sino como parte fundamental de la vida que Alberto sigue construyendo.
Alberto corre. Corre rápido, con todo lo que vivió a cuestas: las segundas oportunidades, el amor y la gratitud.
